En mi calle ya no se encajan balones, ni se raya el suelo para jugar al cáliz, ni se parten repiones, ni se tiran al aire para que caiga en la mano, ni se corre calle arriba y abajo con “torito en alto”, ni se escuchan las patadas al calambuco, ni se salta a la comba, ni se juega a balontiro. Mucho han cambiado las cosas para los que rondamos, como dicen los creyentes, la edad de “Cristo”.

La infancia ahora es otra cosa. Se ha cambiado aquel bendito salvajismo por una supuesta civilización que no es tal. No lo es porque para socializar hay que compartir espacio y tiempo con tus iguales y con la PSP, el “PRO” y la WII se adultera ese concepto ya que se limitan la capacidad de imaginación y el número de los participantes.

Pero ¿cómo ha podido cambiar tanto mi calle en estos años? Sin entrar en hacer un análisis muy extenso varios factores sociológicos lo explicarían en parte. Por un lado es innegable que en estos 20-25 años la natalidad se ha reducido bastante lo cual unido a que jóvenes en edad reproductiva se hayan marchado de casa de sus padres a otras calles o pueblos hace que el número de niños disminuya. Al haber cada vez menos juventud la edad media se eleva y esos vecinos ancianos van muriendo y en algunos casos sus casas van quedando vacías.

Esos ancianos hace 25 años no tenían coches, con su mula y su carro o su pasquali se apañaban, por lo que el espacio que teníamos en la calle era mayor. Sus hijos (nuestros padres) se compraron un coche y al menos había un coche cada dos casas y sus nietos (nosotros) si no tenemos un coche cada uno tenemos un coche cada dos hermanos. Esta proliferación de vehículos hace que los niños tengan menos espacio para jugar pero sigue habiendo suficiente para poder hacerlo por lo que aunque influyen, no creo que ninguno de ellos sea determinante para lo que estoy tratando.

Creo sin duda que el factor principal es el auge de las tecnologías y su penetración masiva en los hogares lo que unido a una mala utilización y control parental hace que los niños en la actualidad echen los dientes agarrados a un móvil. Ahora no se socializa igual. Como decía antes no comparten tiempo y espacio porque, entre otras cosas, lo pueden hacer a distancia enviándose vídeos y fotos por whatsapp o cualquier red social.

Pero este texto no pretende criminalizar a la infancia ya que ellos no son culpables sino víctimas a los que no se les ha enseñado a ser niños. Además todavía hay algunos que siguen jugando en el atrio rompiendo zapatillas y mallugándose las rodillas. Lo que si pretendo es hacer hincapié en cómo ha cambiado la forma de relacionarnos en mi calle. Ya no se hacen “recaos” entre vecinos y casi ni visitas entre nosotros. Basta con dar un paseo para comprobar cómo están todas las puertas cerradas a cal y canto en cualquier época del año. Puede que nos hayamos hecho más desconfiados o más miedosos o puede que aquí vuelva también a influir la penetración masiva de las nuevas tecnologías en los hogares como comentaba antes. Todo puede tener relación ya que al tener ordenador con internet o televisión con TDT y decenas de canales dediquemos más tiempo a la pantalla y menos a la calle. Porque otra de las cosas que echo de menos son esos corros en la acera tomando el fresco en la puerta de la señá Mari Antonia, de la señá Paca, de la Teo , de la señá Manuela, de la Rosa, la Mari Petra o el señó Diego. Ahora me viene a la cabeza los horas que pasaba por las noches hablando o jugando en los alrededores de estos corros cuando era pequeño y cuando era un poco mayor y volvía de paseo no eran menos de 4-6 “¡Buenas noches!” las que daba desde que enfilaba mi calle desde la esquina de abajo hasta que llegaba a casa. Y ese es el quiz de la cuestión de este texto, antes siempre había gente en la calle. De día los niños en verano y por la tarde durante todo el año se jugaba a cualquier cosa y al anochecer mayores y jóvenes para tomar el fresco en primavera, verano y principios de otoño.

Esta presencia continua de vecinos en la calle te permitía dejar sin ningún problema la puerta abierta pues en caso de que ocurriese algo rápidamente alguien daría la voz de alarma. Con la presencia de grandes y pequeños en la calle tampoco se pegaban patadas en la puerta de mis vecinas porque alguien te podía llamar la atención, echarte un “rapapolvo” y decírselo a tus padres, los cuales te castigarían o te darían un par de bofetadas en la cara. Ahora con la calle desierta los niños y no tan niños tienen vía libre para llamar a esa puerta a la hora que sea.

Y algo más grave, que es lo que he vivido hoy y lo que me ha llevado a hacer esta reflexión que están leyendo. Esta mañana ha habido un incendio en mi calle y la mayoría de los vecinos nos hemos enterado cuando ya lo habían apagado los bomberos. Sólo ha habido daños materiales que han sido graves en la casa en cuestión y leves en las casas adyacentes cuyos habitantes se han llevado un buen susto pues la casa incendiada estaba vacía y han sido ellas las que han llamado a bomberos, policía y Guardia Civil y las primeras que con sus propias manos han comenzado a combatir el fuego con cubos y mangueras después de abrir la puerta de una patada.

Como decía, la mayoría de los vecinos hemos llegado cuando los bomberos ya refrescaban las habitaciones. Puede que haya influido que el fuego se iniciara alrededor de las 9 de la mañana de un sábado, pero por todo lo que he comentado antes mucho me temo que los acontecimientos se hubieran desarrollado de la misma manera si hubiese sido un lunes a las 12 de la mañana o un martes a las 7 de la tarde.

Han pasado muchos años desde mi infancia y todos hemos evolucionado pero…. ¿para bien?.

Lo que acaban de leer sobre mi calle es extrapolable a cada calle de pueblos y ciudades de esta parte “civilizada” del mundo donde ya no se encajan balones.

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